One Grave At a TimeTraducido por Pargulin
Mantuve mi atención en Madigan, sin mirar a Don a pesar de que fue mi primer instinto. No debíamos permitir eso, había un fantasma en la habitación, y la pregunta había sido retórica ya que Don sabía que no lo oía.
“Cat Crawfield... Russell,” me presenté. Bueno, Bones y yo no estábamos casados conforme a la ley humana, sino que por las normas vampiros, pero estábamos más unidos de lo que un pedazo de papel nunca podría unir a dos personas.
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Una ola de placer rozó mi subconsciente, yendo a la deriva fuera de los escudos que Bones habían levantado alrededor de sí mismo tan pronto como nuestro helicóptero aterrizó. Le gustó que hubiera añadido el apellido con el que él había nacido al mío. Ese fue todo el arbitraje que necesité para decidir que sería Catherine Crawfield Russell a partir de este día.
A pesar de que no había necesitado la reacción de Don para deducir que Madigan iba a ser un dolor en el culo, los años de estricta crianza de modales en una granja me hizo imposible no ofrecer mi mano. Madigan la miró por una fracción de tiempo demasiado larga antes de agitarla. Su vacilación reveló que Madigan tenía un prejuicio contra las mujeres o los vampiros, ninguno de los cuales le granjearon más cariño hacia mí.
Bones dijo su nombre con ninguna de mis compulsiones de ofrecer su mano, pero por otra parte, su infancia la había pasado mendigando o robando para sobrevivir a las duras circunstancias de ser el hijo bastardo de una prostituta en el Londres del siglo XVIII. No fue instruido sin fin acerca de los modales y el respeto a los mayores como yo. Se quedó mirando sin pestañear a Madigan, sus manos en los bolsillos de su abrigo de cuero, su media sonrisa más desafiante que cortés.
Madigan entendió el mensaje. Dejó caer la mano de la mía y no intentó extendérsela a Bones. La más mínima expresión de alivio podría haber pasado por su cara, también.
Prejuicios contra los vampiros, entonces. Perfecto.
“Tenías razón, ¿no?” Madigan dijo a Tate con una jovialidad que sonó falsa. “Él vino con ella.”
Por un segundo mi mirada fue hacia Don. ¡Dios mío! ¿Podía Madigan verlo? Él era un humano, pero tal vez Madigan tenía algunas habilidades psíquicas...
“Con los vampiros, si invitas a uno de los cónyuges, el otro se incluye automáticamente,” respondió a la ligera Bones. “Esa es una vieja regla, pero te perdono por no saberlo.”
Oh, Madigan se refería a Bones. Ahogué un resoplido. Lo que decía era cierto, pero incluso si no lo fuera, Bones no se habría quedado atrás. Yo ya no trabajaba aquí, así que no era como si pudiera ser amenazada con algo si a Madigan no le gustaba mi actitud. Y a él no le gustaría, podía prometer eso.
“¿Qué pasa con el control de ID en el techo?” Le pregunté para dirigir las cosas lejos de la contienda de miradas entre Madigan y Bones, que el consultor iba a perder. Nadie podía mirar fijamente a un vampiro.
Madigan cambió su atención hacia mí, su aroma natural agriándose muy ligeramente por debajo de su preponderancia a la mejora con productos químicos.
“Uno de los descuidos que noté cuando llegué hace dos días fue que nadie comprobó mi identificación cuando aterricé. Esta instalación es demasiado importante como para ser comprometida por algo tan simple como un detalle de seguridad.”
Tate se erizó, unos toques de verde esmeralda aparecieron en sus ojos índigo, pero yo sólo solté un bufido.
“Si llegas vía aérea, es como obvio que después de que haya una doble comprobación de la identidad de la aeronave, la tripulación y el plan de vuelo, el que está adentro es él que se supone debe ser. Especialmente si invitaste a las personas aquí. Pero si no lo eran y todavía consiguen llegar aquí, una identificación falsa sería la parte fácil. Además” – otro resoplido – “si alguien llega por aire y no pertenece aquí, ¿Crees que sería capaz de irse con su avión con en el rango de armas y varios vampiros capaces de seguirles la pista sólo por el olor?”
En lugar de estar a la defensiva por mi análisis contundente de lo inútil que era un control de ID en el techo, Madigan me miró de una manera reflexiva.
“He oído que tenías dificultades con la autoridad y seguir órdenes. Parece que no fue exagerado.”
“Nop, eso es cierto,” le contesté con una sonrisa alegre. “¿Qué más has oído?”
Agitó una mano con desdén. “Demasiadas cosas para nombrarlas. Tu ex equipo delira mucho sobre ti, así que simplemente tenía que conocerte.”
“¿Sí?” No compraba esa como la razón por la que estaba aquí, pero le seguiría el juego. “Bueno, hagas lo que hagas, ignora lo que mi mamá tiene que decir sobre mí.”
Madigan ni siquiera esbozó una sonrisa. Estirado gilipollas.
“¿Qué hace un consultor de operaciones?”, me preguntó Bones, como si no hubiera estado ocupado con sus habilidades para leer mentes para meterse en la de Madigan desde el momento en que llegamos.
“Se asegura de que la transferencia de gestión en un entorno altamente sensibilizado del Departamento de Seguridad Interna sea tan suave como es necesario por el bien de la seguridad nacional,” dijo Madigan, la presunción de vuelta en su tono. “Voy a estar revisando todos los registros en las próximas semanas. Misiones, personal, presupuestos, todo. Este departamento es demasiado fundamental para sólo esperar que el sargento Bradley sea el adecuado para la tarea de dirigirlo.”
Tate no hizo más que contraer un fuerte músculo a pesar de que el insulto implícito tuvo que quemar. Con todos los problemas que había tenido con él en el pasado, su competencia, dedicación y ética de trabajo nunca había estado entre ellos.
“No encontrarás a nadie más calificado para dirigir esta operación ahora que Don se ha ido,” dije con voz de acero.
“No es por lo que está aquí,” siseó Don. Había estado en silencio durante varios minutos, pero ahora parecía más agitado de lo que jamás le había oído. ¿El convertirse en un fantasma le había dado a mi normal urbano tío menos control sobre sus emociones, o él y Madigan tenían una historia desagradable juntos?
“Está tras algo más importante que auditar el desempeño del trabajo de Tate,” continuó Don.
“Estoy particularmente interesado en leer tus registros,” Madigan me dijo, ajeno a la otra conversación en la sala.
Me encogí de hombros. “Hazlo. Espero que te gusten las historias sobre chicos malos – o chicas – que consiguen lo que quieren al final.”
“Mis favoritas,” dijo Madigan con un brillo en sus ojos por el que no me preocupé.
“¿Está Dave, Juan, Cooper, Geri, y mi mamá en la Wreck Room?” Pregunté, había terminado de jugar este estúpido juego de palabras. Si pasaba mucho más tiempo con él, mi temperamento podría superar mi sentido común, y eso no sería bueno. Lo más inteligente sería aparentar ser dócil y dejar que Tate averiguara si Madigan estaba realmente husmeando en esta operación por otros motivos.
“¿Por qué quieres saber su localización?” preguntó Madigan fríamente, como si yo tuviera intenciones nefastas de las que necesitaba protegerlos.
Mi sonrisa escondió el hecho de que estaba apretando los dientes. “Porque desde que estoy aquí, quiero saludar a mis amigos y familia,” me las arreglé para responder, orgullosa de mí misma por no terminar la frase con idiota.
“Los soldados y los alumnos están demasiado ocupados para dejar lo que están haciendo porque un visitante quiere conversar,” dijo Madigan secamente.
Mis colmillos saltaron por su propia voluntad, casi doliendo con el deseo de arrancar la altanera expresión directo de la arrugada cara de Madigan. Tal vez algo de ese se mostró, porque siguió con ese comentario con, “Debo advertirle, cualquier acción hostil hacia mí, será tomada como un ataque contra los Estados Unidos.”
“Pomposo prick,” espetó Don, caminando hacia Madigan antes de detenerse bruscamente, como si recordara que no había una sola cosa que pudiera hacer contra él en su estado actual.
Un hilo de advertencia apareció en mis emociones furiosas, un silencioso recordatorio de Bones para que consiguiera controlarme. Lo hice, forzando a mis colmillos a retraerse y a mis ojos dejar de chisporrotear en verde y volvieran a su normal gris medio.
“¿Todo te da la idea de que te atacaría?” Le pregunté, haciendo mi voz tan inocente y sorprendida como pude mientras que mentalmente le plegaba en forma de pretzel.
“Puedo ser nuevo aquí, pero he estudiado los informes de los de tu tipo,” dijo Madigan, dejando caer su fachada protectora de G-man para mostrar la desnuda hostilidad que yacía debajo. “Todos ellos muestran que el color de los ojos de los vampiros cambian justo antes de que ataquen.”
Bones se echó a reír, un sonido que acariciaba y estaba en desacuerdo con la energía peligrosa que comenzando a empujar sus paredes. “Eso es mierda. Nuestros ojos se vuelven verdes, por razones que no tienen nada que ver con la intención de matar – y he visto a vampiros rasgar gargantas sin el menor cambio de color del iris. ¿Esa es la única experiencia que has tenido con vampiros? ¿Informes?”
La última palabra estaba cargada de desprecio cortés. Madigan estaba visiblemente rígido. “He tenido suficiente experiencia para saber que algunos pueden leer la mente.”
“Eso no debería preocuparte. Hombres sin nada que ocultar no tienen nada que temer, ¿Verdad, amigo?”
Esperé para ver si a Madigan le crecería un par y acusaría a Bones de entrometerse en su mente durante esta conversación, pero él simplemente se ajustó las gafas de montura metálica, como si su ubicación en la nariz fuera de primordial importancia.
“Tu mamá y los demás terminarán el entrenamiento en una hora,” dijo Tate, las primeras palabras que dijo desde que había llegado a su oficina. “Puedes esperar aquí, si quieres. Madigan se estaba yendo.”
“¿Me estás despidiendo?” preguntó Madigan con un toque de incredulidad.
La expresión de Tate era insípida. “¿No dijiste justo antes de que Cat llegara aquí que habías tenido suficiente de mí por el día?”
Un ligero color rosa apareció en las mejillas de Madigan. No de vergüenza, por su aroma con notas de kerosene. Cuidadosa controlada indignación.
“Lo hice,” contestó en breve. “¿Vas a tener esos informes para mí en la mañana? Supongo que permanecer despierto el resto de la noche no debería ser una dificultad para alguien como tú.”
Oh, qué imbécil. Mis colmillos pidieron ¡Un démelo a mí! de nuevo, pero esta vez, los dejé en las encías al tiempo que asfixiaba al verde nosferatu para que no saltara en mi mirada.
Luego Madigan se volvió hacia nosotros. “Cat. Bones.” Dijo nuestros nombres como si debiéramos pedir disculpas por ellos, pero me limité a sonreír como si no le hubiese eviscerado en mis fantasías varias veces ya.
“Fue muy agradable conocerte,” le dije, extendiendo mi mano de nuevo sólo porque sabía que no quería tocarla.
Él la tomó con la misma pausa débil que había mostrado la última vez. No lo apreté una vez que lo tuve en mis manos, pero, oh, era tentador.
Tan pronto como lo deje ir, Madigan barrió fuera de la oficina de Tate, dejando detrás una nube de loción para después del afeitado e irritación.
“Voy a seguirlo,” dijo mi tío rotundamente. “Y no voy a volver contigo más tarde, Cat.”
Le eché un vistazo a Tate, que hizo un asentimiento apenas perceptible. En verdad, me sentí aliviada de que no tratara de discutir. Don podía espiar a Madigan un infierno mucho más eficazmente que cualquier otra persona. Tal vez Madigan estaba allí porque el Tío Sam estaba siendo paranoico de tener a un vampiro a cargo de una operación que cazaban y ocultaba evidencia de los no-muertos. Si era así, Madigan perdería una gran cantidad de dinero de los contribuyentes al examinar esta operación sólo para llegar a la conclusión de que Tate era una sustitución excepcional de Don. Su expediente era impecable, así que no tenía miedo de que Madigan desenterrara cualquier esqueleto del armario de Tate – real o metafórico.
Pero no era por eso que me alegraba de que mi tío se estuviera centrando más en Madigan que en encontrar su camino a la puerta eterna en el otro lado. Si Madigan tenía una razón más siniestra para estar aquí, Don nos podía alertar más rápido que nadie. Yo tenía fe en que Tate, Dave, y Juan serían capaces de salir de aquí si el desagrado de Madigan con los no-muertos daba un giro más amenazante, pero mi madre, a pesar de sus bravuconadas, no era tan fuerte como ellos eran.
Y este no era un edificio normal en el que ella pudiera reventar una pared para escapar. El subnivel cuatro fue construido para contener a vampiros contra su voluntad. Yo debería saberlo. Lo diseñé cuando capturaba vampiros para que los científicos de Don pudieran hacer una maravilla de drogas sintéticas llamadas Brams. Esa droga, derivada del compuesto de curación en la sangre de los no-muertos, había mantenido a varios miembros de nuestro equipo con vida después de que hubieran sufrido lesiones graves. Entonces Bones se unió a la operación, y Don superó su temor de que la sangre de vampiro pura – mucho más eficaz en la curación que Brams – volviera malvado a quien lo bebiera. Bones donó suficiente de su sangre por Don para curar a miembros del equipo heridos, según fuera necesario, y las celdas para vampiros en el subnivel cuatro habían permanecido vacías durante años a consecuencia de ello.
Pero eso no significaba que no podrían volver a usarse, si Don tenía razón y Madigan estaba aquí por razones distintas a una evaluación de rutina.
O tal vez yo había pasado por bastante mierda últimamente por lo que asumía lo peor de todo el mundo ahora, tuviera una razón válida o no. Sacudí mi cabeza para aclararme. Por todo los que Madigan me haya molestado, no fue hace mucho tiempo que Don había tenido el mismo prejuicio con los vampiros. Maldición, ¡Hace apenas ocho años yo pensaba que la única sanguijuela buena era una sanguijuela muerta! Sí, la actitud de Madigan gritaba Sospechoso Bastardo Burocrático, pero esperaba que pasar algún tiempo con Tate, Juan, Dave, y mi madre le haría darse cuenta de que había más en los seres sobrenaturales que lo que había leído en las páginas de los informes de asesinatos clasificados.
“Así que, ¿Qué piensas de él?” Arrastró las palabras Tate, la tensión anterior ahora desaparecida de su tono.
“Que él y yo no vamos a ser BFF ,” fue todo lo que dije. No había necesidad de decir más cuando esta habitación podría estar intervenida.
Tate lanzó un gruñido. “Estoy recibiendo esa vibra también. Tal vez sea una buena cosa que... las circunstancias estén como están.”
Por la cuidadosa alusión de Tate a la condición de Don, era obvio que él también no quería correr riesgos de que nuestras palabras fueran reproducidas para Madigan más tarde.
Me encogí de hombros en acuerdo. “Supongo que todo sucede por una razón.”
“Cat Crawfield... Russell,” me presenté. Bueno, Bones y yo no estábamos casados conforme a la ley humana, sino que por las normas vampiros, pero estábamos más unidos de lo que un pedazo de papel nunca podría unir a dos personas.
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Una ola de placer rozó mi subconsciente, yendo a la deriva fuera de los escudos que Bones habían levantado alrededor de sí mismo tan pronto como nuestro helicóptero aterrizó. Le gustó que hubiera añadido el apellido con el que él había nacido al mío. Ese fue todo el arbitraje que necesité para decidir que sería Catherine Crawfield Russell a partir de este día.
A pesar de que no había necesitado la reacción de Don para deducir que Madigan iba a ser un dolor en el culo, los años de estricta crianza de modales en una granja me hizo imposible no ofrecer mi mano. Madigan la miró por una fracción de tiempo demasiado larga antes de agitarla. Su vacilación reveló que Madigan tenía un prejuicio contra las mujeres o los vampiros, ninguno de los cuales le granjearon más cariño hacia mí.
Bones dijo su nombre con ninguna de mis compulsiones de ofrecer su mano, pero por otra parte, su infancia la había pasado mendigando o robando para sobrevivir a las duras circunstancias de ser el hijo bastardo de una prostituta en el Londres del siglo XVIII. No fue instruido sin fin acerca de los modales y el respeto a los mayores como yo. Se quedó mirando sin pestañear a Madigan, sus manos en los bolsillos de su abrigo de cuero, su media sonrisa más desafiante que cortés.
Madigan entendió el mensaje. Dejó caer la mano de la mía y no intentó extendérsela a Bones. La más mínima expresión de alivio podría haber pasado por su cara, también.
Prejuicios contra los vampiros, entonces. Perfecto.
“Tenías razón, ¿no?” Madigan dijo a Tate con una jovialidad que sonó falsa. “Él vino con ella.”
Por un segundo mi mirada fue hacia Don. ¡Dios mío! ¿Podía Madigan verlo? Él era un humano, pero tal vez Madigan tenía algunas habilidades psíquicas...
“Con los vampiros, si invitas a uno de los cónyuges, el otro se incluye automáticamente,” respondió a la ligera Bones. “Esa es una vieja regla, pero te perdono por no saberlo.”
Oh, Madigan se refería a Bones. Ahogué un resoplido. Lo que decía era cierto, pero incluso si no lo fuera, Bones no se habría quedado atrás. Yo ya no trabajaba aquí, así que no era como si pudiera ser amenazada con algo si a Madigan no le gustaba mi actitud. Y a él no le gustaría, podía prometer eso.
“¿Qué pasa con el control de ID en el techo?” Le pregunté para dirigir las cosas lejos de la contienda de miradas entre Madigan y Bones, que el consultor iba a perder. Nadie podía mirar fijamente a un vampiro.
Madigan cambió su atención hacia mí, su aroma natural agriándose muy ligeramente por debajo de su preponderancia a la mejora con productos químicos.
“Uno de los descuidos que noté cuando llegué hace dos días fue que nadie comprobó mi identificación cuando aterricé. Esta instalación es demasiado importante como para ser comprometida por algo tan simple como un detalle de seguridad.”
Tate se erizó, unos toques de verde esmeralda aparecieron en sus ojos índigo, pero yo sólo solté un bufido.
“Si llegas vía aérea, es como obvio que después de que haya una doble comprobación de la identidad de la aeronave, la tripulación y el plan de vuelo, el que está adentro es él que se supone debe ser. Especialmente si invitaste a las personas aquí. Pero si no lo eran y todavía consiguen llegar aquí, una identificación falsa sería la parte fácil. Además” – otro resoplido – “si alguien llega por aire y no pertenece aquí, ¿Crees que sería capaz de irse con su avión con en el rango de armas y varios vampiros capaces de seguirles la pista sólo por el olor?”
En lugar de estar a la defensiva por mi análisis contundente de lo inútil que era un control de ID en el techo, Madigan me miró de una manera reflexiva.
“He oído que tenías dificultades con la autoridad y seguir órdenes. Parece que no fue exagerado.”
“Nop, eso es cierto,” le contesté con una sonrisa alegre. “¿Qué más has oído?”
Agitó una mano con desdén. “Demasiadas cosas para nombrarlas. Tu ex equipo delira mucho sobre ti, así que simplemente tenía que conocerte.”
“¿Sí?” No compraba esa como la razón por la que estaba aquí, pero le seguiría el juego. “Bueno, hagas lo que hagas, ignora lo que mi mamá tiene que decir sobre mí.”
Madigan ni siquiera esbozó una sonrisa. Estirado gilipollas.
“¿Qué hace un consultor de operaciones?”, me preguntó Bones, como si no hubiera estado ocupado con sus habilidades para leer mentes para meterse en la de Madigan desde el momento en que llegamos.
“Se asegura de que la transferencia de gestión en un entorno altamente sensibilizado del Departamento de Seguridad Interna sea tan suave como es necesario por el bien de la seguridad nacional,” dijo Madigan, la presunción de vuelta en su tono. “Voy a estar revisando todos los registros en las próximas semanas. Misiones, personal, presupuestos, todo. Este departamento es demasiado fundamental para sólo esperar que el sargento Bradley sea el adecuado para la tarea de dirigirlo.”
Tate no hizo más que contraer un fuerte músculo a pesar de que el insulto implícito tuvo que quemar. Con todos los problemas que había tenido con él en el pasado, su competencia, dedicación y ética de trabajo nunca había estado entre ellos.
“No encontrarás a nadie más calificado para dirigir esta operación ahora que Don se ha ido,” dije con voz de acero.
“No es por lo que está aquí,” siseó Don. Había estado en silencio durante varios minutos, pero ahora parecía más agitado de lo que jamás le había oído. ¿El convertirse en un fantasma le había dado a mi normal urbano tío menos control sobre sus emociones, o él y Madigan tenían una historia desagradable juntos?
“Está tras algo más importante que auditar el desempeño del trabajo de Tate,” continuó Don.
“Estoy particularmente interesado en leer tus registros,” Madigan me dijo, ajeno a la otra conversación en la sala.
Me encogí de hombros. “Hazlo. Espero que te gusten las historias sobre chicos malos – o chicas – que consiguen lo que quieren al final.”
“Mis favoritas,” dijo Madigan con un brillo en sus ojos por el que no me preocupé.
“¿Está Dave, Juan, Cooper, Geri, y mi mamá en la Wreck Room?” Pregunté, había terminado de jugar este estúpido juego de palabras. Si pasaba mucho más tiempo con él, mi temperamento podría superar mi sentido común, y eso no sería bueno. Lo más inteligente sería aparentar ser dócil y dejar que Tate averiguara si Madigan estaba realmente husmeando en esta operación por otros motivos.
“¿Por qué quieres saber su localización?” preguntó Madigan fríamente, como si yo tuviera intenciones nefastas de las que necesitaba protegerlos.
Mi sonrisa escondió el hecho de que estaba apretando los dientes. “Porque desde que estoy aquí, quiero saludar a mis amigos y familia,” me las arreglé para responder, orgullosa de mí misma por no terminar la frase con idiota.
“Los soldados y los alumnos están demasiado ocupados para dejar lo que están haciendo porque un visitante quiere conversar,” dijo Madigan secamente.
Mis colmillos saltaron por su propia voluntad, casi doliendo con el deseo de arrancar la altanera expresión directo de la arrugada cara de Madigan. Tal vez algo de ese se mostró, porque siguió con ese comentario con, “Debo advertirle, cualquier acción hostil hacia mí, será tomada como un ataque contra los Estados Unidos.”
“Pomposo prick,” espetó Don, caminando hacia Madigan antes de detenerse bruscamente, como si recordara que no había una sola cosa que pudiera hacer contra él en su estado actual.
Un hilo de advertencia apareció en mis emociones furiosas, un silencioso recordatorio de Bones para que consiguiera controlarme. Lo hice, forzando a mis colmillos a retraerse y a mis ojos dejar de chisporrotear en verde y volvieran a su normal gris medio.
“¿Todo te da la idea de que te atacaría?” Le pregunté, haciendo mi voz tan inocente y sorprendida como pude mientras que mentalmente le plegaba en forma de pretzel.
“Puedo ser nuevo aquí, pero he estudiado los informes de los de tu tipo,” dijo Madigan, dejando caer su fachada protectora de G-man para mostrar la desnuda hostilidad que yacía debajo. “Todos ellos muestran que el color de los ojos de los vampiros cambian justo antes de que ataquen.”
Bones se echó a reír, un sonido que acariciaba y estaba en desacuerdo con la energía peligrosa que comenzando a empujar sus paredes. “Eso es mierda. Nuestros ojos se vuelven verdes, por razones que no tienen nada que ver con la intención de matar – y he visto a vampiros rasgar gargantas sin el menor cambio de color del iris. ¿Esa es la única experiencia que has tenido con vampiros? ¿Informes?”
La última palabra estaba cargada de desprecio cortés. Madigan estaba visiblemente rígido. “He tenido suficiente experiencia para saber que algunos pueden leer la mente.”
“Eso no debería preocuparte. Hombres sin nada que ocultar no tienen nada que temer, ¿Verdad, amigo?”
Esperé para ver si a Madigan le crecería un par y acusaría a Bones de entrometerse en su mente durante esta conversación, pero él simplemente se ajustó las gafas de montura metálica, como si su ubicación en la nariz fuera de primordial importancia.
“Tu mamá y los demás terminarán el entrenamiento en una hora,” dijo Tate, las primeras palabras que dijo desde que había llegado a su oficina. “Puedes esperar aquí, si quieres. Madigan se estaba yendo.”
“¿Me estás despidiendo?” preguntó Madigan con un toque de incredulidad.
La expresión de Tate era insípida. “¿No dijiste justo antes de que Cat llegara aquí que habías tenido suficiente de mí por el día?”
Un ligero color rosa apareció en las mejillas de Madigan. No de vergüenza, por su aroma con notas de kerosene. Cuidadosa controlada indignación.
“Lo hice,” contestó en breve. “¿Vas a tener esos informes para mí en la mañana? Supongo que permanecer despierto el resto de la noche no debería ser una dificultad para alguien como tú.”
Oh, qué imbécil. Mis colmillos pidieron ¡Un démelo a mí! de nuevo, pero esta vez, los dejé en las encías al tiempo que asfixiaba al verde nosferatu para que no saltara en mi mirada.
Luego Madigan se volvió hacia nosotros. “Cat. Bones.” Dijo nuestros nombres como si debiéramos pedir disculpas por ellos, pero me limité a sonreír como si no le hubiese eviscerado en mis fantasías varias veces ya.
“Fue muy agradable conocerte,” le dije, extendiendo mi mano de nuevo sólo porque sabía que no quería tocarla.
Él la tomó con la misma pausa débil que había mostrado la última vez. No lo apreté una vez que lo tuve en mis manos, pero, oh, era tentador.
Tan pronto como lo deje ir, Madigan barrió fuera de la oficina de Tate, dejando detrás una nube de loción para después del afeitado e irritación.
“Voy a seguirlo,” dijo mi tío rotundamente. “Y no voy a volver contigo más tarde, Cat.”
Le eché un vistazo a Tate, que hizo un asentimiento apenas perceptible. En verdad, me sentí aliviada de que no tratara de discutir. Don podía espiar a Madigan un infierno mucho más eficazmente que cualquier otra persona. Tal vez Madigan estaba allí porque el Tío Sam estaba siendo paranoico de tener a un vampiro a cargo de una operación que cazaban y ocultaba evidencia de los no-muertos. Si era así, Madigan perdería una gran cantidad de dinero de los contribuyentes al examinar esta operación sólo para llegar a la conclusión de que Tate era una sustitución excepcional de Don. Su expediente era impecable, así que no tenía miedo de que Madigan desenterrara cualquier esqueleto del armario de Tate – real o metafórico.
Pero no era por eso que me alegraba de que mi tío se estuviera centrando más en Madigan que en encontrar su camino a la puerta eterna en el otro lado. Si Madigan tenía una razón más siniestra para estar aquí, Don nos podía alertar más rápido que nadie. Yo tenía fe en que Tate, Dave, y Juan serían capaces de salir de aquí si el desagrado de Madigan con los no-muertos daba un giro más amenazante, pero mi madre, a pesar de sus bravuconadas, no era tan fuerte como ellos eran.
Y este no era un edificio normal en el que ella pudiera reventar una pared para escapar. El subnivel cuatro fue construido para contener a vampiros contra su voluntad. Yo debería saberlo. Lo diseñé cuando capturaba vampiros para que los científicos de Don pudieran hacer una maravilla de drogas sintéticas llamadas Brams. Esa droga, derivada del compuesto de curación en la sangre de los no-muertos, había mantenido a varios miembros de nuestro equipo con vida después de que hubieran sufrido lesiones graves. Entonces Bones se unió a la operación, y Don superó su temor de que la sangre de vampiro pura – mucho más eficaz en la curación que Brams – volviera malvado a quien lo bebiera. Bones donó suficiente de su sangre por Don para curar a miembros del equipo heridos, según fuera necesario, y las celdas para vampiros en el subnivel cuatro habían permanecido vacías durante años a consecuencia de ello.
Pero eso no significaba que no podrían volver a usarse, si Don tenía razón y Madigan estaba aquí por razones distintas a una evaluación de rutina.
O tal vez yo había pasado por bastante mierda últimamente por lo que asumía lo peor de todo el mundo ahora, tuviera una razón válida o no. Sacudí mi cabeza para aclararme. Por todo los que Madigan me haya molestado, no fue hace mucho tiempo que Don había tenido el mismo prejuicio con los vampiros. Maldición, ¡Hace apenas ocho años yo pensaba que la única sanguijuela buena era una sanguijuela muerta! Sí, la actitud de Madigan gritaba Sospechoso Bastardo Burocrático, pero esperaba que pasar algún tiempo con Tate, Juan, Dave, y mi madre le haría darse cuenta de que había más en los seres sobrenaturales que lo que había leído en las páginas de los informes de asesinatos clasificados.
“Así que, ¿Qué piensas de él?” Arrastró las palabras Tate, la tensión anterior ahora desaparecida de su tono.
“Que él y yo no vamos a ser BFF ,” fue todo lo que dije. No había necesidad de decir más cuando esta habitación podría estar intervenida.
Tate lanzó un gruñido. “Estoy recibiendo esa vibra también. Tal vez sea una buena cosa que... las circunstancias estén como están.”
Por la cuidadosa alusión de Tate a la condición de Don, era obvio que él también no quería correr riesgos de que nuestras palabras fueran reproducidas para Madigan más tarde.
Me encogí de hombros en acuerdo. “Supongo que todo sucede por una razón.”






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